
Por: José Malespín
En un escenario complicado, la selección de fútbol de Irán demostró que la moral no se quiebra fácilmente. El combinado persa saltó a la cancha del Los Angeles Stadium arrastrando semanas de incertidumbre.
Irán es un equipo que llegó con lo justo tras severas restricciones de visa, un permiso de estancia limitado que los obliga a jugar contra el reloj, y unas gradas vacías de su público local.
Por si fuera poco, el peso emocional de los recientes bombardeos en su región flotaba en el ambiente. Pero en el fútbol, el corazón también juega.
El partido ante Nueva Zelanda fue una montaña rusa de emociones que comenzó cuesta arriba. Apenas al minuto 7, el neozelandés Elijah Just aprovechó un parpadeo defensivo para poner el 0-1, un golpe que amenazaba con hundir los ánimos iraníes. Sin embargo, la resiliencia dio frutos al minuto 32, cuando Ramin Rezaeian rompió las líneas rivales y definió con frialdad para poner el 1-1 y devolver la esperanza.
La historia de resistencia tuvo que repetirse en la segunda mitad. Al minuto 54, nuevamente Elijah Just castigó las redes iraníes colocando el 1-2. Lejos de claudicar ante el cansancio y la presión, Irán sacó el orgullo; solo diez minutos después, al 64, Mohammad Mohebbi se levantó con el alma para conectar un cabezazo letal tras un servicio de Rezaeian, sellando el 2-2 definitivo.
Sin su gente en las tribunas, pero con el orgullo intacto, Irán arañó un punto de oro en California, demostrando que su paso por este Mundial dejará huella, sin importar el tiempo que les permitan quedarse.