
Venezuela, un país que respira béisbol, se consagró por primera vez en su historia como Campeón del Clásico Mundial de Béisbol tras vencer 3-2 a una aguerrida selección de Estados Unidos.
La tarde comenzó con una electricidad inusual. En las tribunas, el “Gloria al Bravo Pueblo” fue cantado por miles de almas que convirtieron la casa de los Marlins en una sucursal de Valencia o Caracas.
Eduardo Rodríguez, con la calma de un veterano, subió a la lomita para enfrentar a una alineación de “All-Stars”. Durante cuatro entradas y un tercio, Rodríguez fue un cirujano; sus lanzamientos rompían justo donde la frustración de los bates estadounidenses comenzaba.
El marcador se abrió en la quinta entrada, Wilyer Abreu, la revelación del torneo, descifró una recta de 98 millas y la depositó en las gradas del jardín derecho. El 1-0 no era solo una carrera; era el aviso de que Venezuela no estaba allí para participar, sino para ganar.
Sin embargo, la gloria nunca es fácil. En la parte alta de la octava, Estados Unidos logró embasar a dos corredores y, tras un error en el tiro a la inicial, le dieron la vuelta al marcador 2-1. El fantasma de las eliminaciones pasadas sobrevoló el dugout venezolano. Pero este equipo, dirigido con una fe inquebrantable, tenía otros planes.
En el cierre del octavo, la respuesta fue inmediata. Javier Sanoja, con una velocidad de otro mundo, llegó a la intermedia tras un boleto y un robo de base. Fue entonces cuando apareció el capitán silencioso, Eugenio Suárez. Con la cuenta en 2-2, Suárez conectó un doblete ceñido a la raya del jardín izquierdo que trajo a Sanoja al plato.






Sin embargo, la novena entrada quedará grabada en los libros de historia. Con corredores en las esquinas, un elevado de sacrificio de Anthony Santander trajo la carrera de la diferencia de 3-2.
Daniel Palencia, el joven lanzador de fuego en el brazo, salió para el cierre definitivo. Frente a él, Roman Anthony, la gran promesa local. Con el conteo máximo, Palencia soltó una recta de 101 millas que Anthony apenas pudo rozar. Un elevado inofensivo al receptor terminó la angustia.