Este importante valor de nuestra identidad es presentada por el Ballet Folclórico Acuarelas del Perú, bajo la dirección de la maestra Giovana Cárdenas. Esta reseña técnica e histórica forma parte de la reciente edición de LatinColors, reafirmando el compromiso del elenco con la excelencia artística y la difusión de la herencia jaujina en escenarios internacionales.
En el vasto mosaico de las expresiones culturales del Perú, pocas danzas poseen la carga semántica y la elegancia coreográfica de la Tunantada. Originaria de la provincia de Jauja, en el departamento de Junín, esta festividad, celebrada con fervor cada 20 de enero, no es solo una manifestación de júbilo religioso en honor a San Sebastián y San Fabián, sino un ejercicio de memoria histórica que utiliza la ironía como herramienta de reafirmación cultural.
Declarada Patrimonio Cultural de la Nación en el año 2011, la Tunantada hunde sus raíces en el periodo virreinal. Su esencia radica en el “tunanterismo”, término que evoca la figura del “tunante” o pícaro.
Históricamente, la danza surgió como una respuesta satírica de la población indígena y mestiza frente a las estructuras de poder colonial. A través del uso de máscaras de malla de alambre y vestiduras opulentas, los danzantes lograban personificar, y a su vez ridiculizar, a los diversos estratos de la sociedad española y extranjera que transitaban por el valle del Mantaro.
A diferencia de otras danzas folclóricas donde prima la uniformidad, la Tunantada se distingue por su heterogeneidad. Cada personaje es un arquetipo social con un lenguaje corporal propio:
- El Príncipe: Con su andar altivo y gestos aristocráticos, personifica al hidalgo español y su supuesta superioridad.
- La Jaujina: Representa el refinamiento, la gracia y la posición de la mujer mestiza noble de la región.
- El Chuto Jaujino: Eslabón vital de la danza, encarna la inteligencia y la burla del indígena hacia el sistema establecido, ocultando su sagacidad tras una apariencia servil.
- El Tucumano y el Jamille: Personajes que dan fe del rol estratégico que tuvo Jauja como punto de encuentro comercial, representando al arriero de mulas del Río de la Plata y al médico herbolario boliviano, respectivamente.
El marco sonoro de la Tunantada es igualmente singular. Las orquestas típicas, integradas por saxofones, clarinetes, violines y arpas, ejecutan melodías que se alejan de la estridencia para abrazar una cadencia melancólica. Esta “alegría triste” es el reflejo de la introspección del danzante, quien bajo su máscara no solo celebra, sino que evoca la gloria de la primera capital del Perú y la persistencia de su linaje a través de los siglos.
En conclusión, la Tunantada se erige como un documento vivo. Es la representación de un pueblo que, lejos de olvidar las heridas de la historia, las ha transformado en arte, elegancia y una identidad colectiva inquebrantable que se renueva con cada paso en la plaza de Jauja.