La snowboarder estadounidense Chloe Kim obtuvo la medalla de plata en halfpipe femenino, pero no logró alcanzar el triplete olímpico

La estadounidense Chloe Kim afrontaba una cita con la historia en el halfpipe femenino de snowboard, con la posibilidad de convertirse en la primera atleta olímpica de la disciplina en alcanzar tres oros consecutivos. Su actuación en la final, sin embargo, quedó marcada por la presión, una lesión reciente y la irrupción de una nueva figura en el circuito internacional: la surcoreana Choi Ga-on. La competencia, celebrada el jueves 12 de febrero, tuvo momentos de alta tensión y emociones contrapuestas para el público y las protagonistas.

Kim, de 25 años, llegó a la final como la bicampeona defensora y máxima favorita. La posibilidad del triplete olímpico se instaló en el ambiente desde el inicio de la jornada, reforzada por los antecedentes de la californiana, que siempre había respondido en las grandes citas. Desde su primera bajada, Kim demostró su jerarquía al obtener 88 puntos, colocándose en cabeza y dejando fuera de combate, temporalmente, a varias de sus rivales. Sin embargo, no pudo mantener ese nivel en las dos siguientes mangas, en las que sufrió caídas que comprometieron sus opciones al oro. La puntuación inicial no alcanzó para retener la cima, y finalmente tuvo que conformarse con la medalla de plata, un resultado notable pero que la aparta del récord histórico perseguido.

La gran protagonista de la final fue Choi Ga-on, una joven surcoreana que, con sólo 17 años y tras un susto que silenció al público, se quedó con el oro y desplazó a Kim al segundo escalón del podio. El dramatismo se apoderó del evento cuando Choi sufrió una aparatosa caída en el halfpipe, quedando varios minutos tendida en la pendiente y recibiendo atención médica. En ese momento, su continuidad en la competencia parecía en duda, pero la atleta sorprendió al regresar para su segunda bajada. No solo se repuso del accidente, sino que se adueñó del primer puesto con una puntuación de 90,25 en su última vuelta, lo que desató una exclamación colectiva en las gradas.

La victoria de Choi no solo supuso un desenlace inesperado, sino que también cambió la narrativa histórica del snowboard femenino. Se convirtió en la primera mujer no estadounidense en ganar el oro olímpico en el principal evento de la disciplina desde 2010, cuando lo lograra la australiana Torah Bright. Hasta ese momento, el dominio de las atletas estadounidenses había sido absoluto, con Kaitlyn Farrington y la propia Kim como grandes referentes en las ediciones previas.

El contexto en el que Chloe Kim afrontó la competencia fue particularmente desafiante. Apenas cuatro semanas antes de los Juegos, la estadounidense sufrió una lesión en el hombro que alteró por completo su preparación. A pesar de competir con un aparato ortopédico y de admitir en sus redes sociales que la recuperación fue complicada, Kim logró dominar la fase clasificatoria y se presentó en la final con opciones reales. Tras la competencia, la propia Kim reconoció que la expectativa por el tricampeonato pesaba, pero que la lesión cambió su perspectiva: “En cuanto me lesioné pensé: ‘Eso ya no importa’. Así que lo siento como una victoria, porque hace un mes no parecía tan posible”. La snowboarder confirmó que necesitará una cirugía en el hombro, lo que realza el mérito de haber subido al podio en estas condiciones.

La historia de Kim en los Juegos Olímpicos es un reflejo de precocidad y perseverancia. En 2018, se consagró como la snowboarder más joven en conquistar una medalla de oro olímpica, un hito que la catapultó al estrellato internacional. Posteriormente, se tomó casi dos años de descanso para priorizar sus estudios y su salud mental, antes de regresar y conquistar un segundo oro en Pekín. El vínculo entre Kim y Choi Ga-on también tiene un trasfondo especial: los padres de Kim emigraron desde Corea del Sur a Estados Unidos, y la propia Kim alentó e inspiró a Choi en el inicio de su carrera. Al finalizar la competencia, Kim expresó su orgullo por la nueva campeona y destacó el simbolismo de “pasar la antorcha” a una atleta a la que considera su heredera deportiva.