Después de una semana del asesinato del policía Jason Rivera, las calles de Manhattan vieron un desfiles de cientos de compañeros que se reunieron en la Catedral de San Patricio para despedir al agente.

Rivera se había integrado hace apenas 14 meses atrás al Departamento de Policía y su asesinato lo convirtió en un símbolo de esperanza contra los temores que azotan la ciudad en un momento lleno de incertidumbre sobre su futuro.

El alcalde Eric Adams, en un discurso en la Catedral de St. Patrick, declaró que el Detective Rivera se unió al departamento por las razones correctas, para hacer cambios desde adentro, y que su muerte fue un recordatorio de lo que los oficiales ponen en juego todos los días. Prometió combatir la “violencia sin sentido” que condujo a la muerte del detective Rivera y su compañero.

“Estás parado en la brecha de la seguridad”, dijo Adams. “Y estos dos buenos hombres regaron el árbol de la seguridad y nos permitieron sentarnos bajo esta sombra del ardiente sol de la violencia. Juegas un papel vital en la prosperidad de esta ciudad”.

El oficial Rivera fue recordado como un hijo amoroso y un gran trabajador, cuyo sentido del humor desmentía un enfoque láser y un impulso incesante para ayudar a las personas.

Los colegas de Rivera, en la comisaría 32, habían hecho el viaje a la catedral antes del amanecer del viernes, pasando frente a un monumento conmemorativo frente a la comisaría que incluía un coche patrulla de policía de juguete, velas y globos.

Había sido asignado a la comandancia de Harlem en mayo pasado, y estaba tan emocionado que estacionó en doble fila frente a la comisaría, lo que provocó un embotellamiento y provocó un frenesí en el sargento de recepción, dijo el inspector Amir Yakatally, oficial al mando de la comisaría.

Afuera, policías se encontraban hombro con hombro, mientras la nieve mojada cubría las aceras. Un camión de bomberos izó una gran bandera estadounidense sobre la Quinta Avenida.

Después de que terminó el servicio, el ataúd del detective Rivera, cubierto con una bandera estadounidense, fue sacado de la catedral. Un oficial dobló la bandera y, mientras los oficiales saludaban, se la entregó a la Sra. Luzuriaga, quien la apretó contra su pecho y cerró los ojos.