Durante la guerra civil de Siria, las mujeres han arriesgado su seguridad para mediar en varios conflictos que han afectado a sus comunidades. Desde que los esfuerzos internacionales para poner fin a los enfrentamientos se han estancado, su papel ha ganado importancia.

La lucha prolongada se ha cobrado innumerables vidas, ha desplazado a millones de sirios y ha dejado gran parte de la infraestructura del país en ruinas. El fracaso de los esfuerzos internacionales para avanzar en un proceso que acabe con el conflicto se ha atribuido a la falta de comprensión de los mediadores sobre las comunidades locales.

Aquí es donde las mujeres Sirias pasan a primer plano. La mayoría de las mujeres involucradas en la mediación local tienen alguna conexión con la guerra y las partes en disputa las perciben como confiables y creíbles.

Como “mediadores internos”, demuestran dos fortalezas constantes: la capacidad de construir o aprovechar las relaciones, y la posesión de un conocimiento detallado sobre el conflicto y sus partes.

En el este de Alepo, en Siria, dos niños recogen agua para su familia.

Una inversión de roles

Un ejemplo de esta fuerza se produjo a principios de la guerra, en el distrito de Zabadani, al noroeste de Damasco. Cuando el distrito comenzó a caer bajo el control de las fuerzas de oposición, fue sitiado por el Gobierno. Las autoridades exigieron que los hombres entregaran las armas y se rindieran, lo que significaba que solo las mujeres podían cruzar con seguridad las líneas de control.

Si bien, antes de la guerra, generalmente se esperaba que las mujeres Zabadani se concentraran en las responsabilidades dentro del hogar, las nuevas restricciones y los riesgos que de repente enfrentaron los hombres hicieron que fuera aceptable, e incluso necesario, que las mujeres se involucraran en las negociaciones con las fuerzas gubernamentales.

Asumiendo rápidamente este nuevo rol, un grupo de mujeres en Zabadani se reunió e inició un proceso de mediación con las fuerzas sitiadoras para negociar el fin del asedio y un posible alto el fuego.

“La mayoría de estas mujeres se involucraron porque sus esposos estaban implicados con las fuerzas de oposición y eran buscados por el gobierno”, menciona Sameh Awad*, un experto en consolidación de la paz familiarizado con el caso.

“Las propias mujeres eran en su mayoría amas de casa y no tenían ningún papel formal en la comunidad, pero adquirieron importancia porque querían proteger a sus maridos”, explica.

Aunque el alto el fuego colapsó más tarde, debido al contexto político cambiante, las mujeres pudieron, durante un período de tiempo, garantizar que los civiles fueran protegidos y evacuados.

En otro ejemplo, en la ciudad norte occidental de Idlib, grupos informales de mujeres pudieron salvar la vida de un grupo de detenidos.

Después de escuchar el rumor de que estaban a punto de ser asesinados por soldados, un grupo de maestras trabajó para convencer a un grupo más amplio de mujeres, incluidas las madres de los detenidos, para que se acercaran a la sede del líder del batallón. El encuentro terminó con el líder de la facción accediendo a hablar con el consejo militar y, un mes después, los detenidos fueron liberados como parte de un trato de intercambio.

Las mujeres Sirias también han liderado los esfuerzos de mediación con las fuerzas gubernamentales para abordar los problemas de seguridad y la prestación de servicios en áreas que anteriormente estaban bajo el control de la oposición.

“El gobierno insistió en que los hombres debían completar el servicio militar, y esto hizo que muchos jóvenes tuvieran miedo de emerger en la esfera pública”, explicó Awad. “Entonces, las mujeres se involucraron en salir y explorar en qué medida eran posibles las discusiones con las nuevas autoridades de la zona. Durante estas negociaciones, discutieron la recuperación temprana en sus áreas”.

ARCHIVO: Una madre y su hijo esperan su kit de ayuda para el invierno en un asentamiento informal en la zona rural del este de Raqqa, en Siria.

Reparación de la cohesión social

Varios años después del inicio del conflicto, Mobaderoon, una organización de la sociedad civil dirigida por mujeres en Damasco, notó un aumento de la violencia localizada hacia las personas desplazadas internamente (IDP) que habían llegado a la capital.

Para hacer frente a esta violencia, la organización formó comités locales integrados por líderes de la comunidad y del gobierno local, otros miembros influyentes de la comunidad, como maestros y activistas de la sociedad civil, y residentes comunes.

También establecieron espacios neutrales donde las personas podían reunirse y discutir los problemas que afectaban a sus vecindarios, y donde podían desarrollar su confianza y habilidades para abordar estos problemas.

Después de un tiempo, la organización amplió su trabajo a Tartus, una ciudad costera en el oeste de Siria, y se asoció con otra organización dirigida por mujeres que disfruta de fuertes lazos comunitarios y presencia en el área.

“Debido a la guerra y la afluencia de desplazados internos, no había servicios, o no había suficientes servicios”, dice Farah Hasan*, miembro de Mobaderoon.

Y añade que “los jóvenes locales acusaron a los desplazados internos de ser los responsables de la guerra, porque se originaron en áreas bajo el control de la oposición, y llevaron a cabo ataques violentos contra ellos en campamentos cercanos”.

Esta violencia estaba creando una inestabilidad sustancial en el área, por lo que la responsable de Tartus se reunió con miembros influyentes de la comunidad y actores comerciales locales para convencerlos de que el campamento de desplazados internos debería integrarse como parte de la comunidad, para que los desplazados internos pudieran participar en la economía local.

Las actitudes cambiaron lentamente, y los vecindarios seleccionados en Tartus fueron testigos de diferencias notables en el tratamiento de los desplazados internos: informaron menos acoso y violencia por parte de los miembros de la comunidad de acogida, una mayor aceptación de sus hijos en las escuelas y más oportunidades económicas.