
Un bombardeo estadounidense contra posiciones estratégicas iraníes en el estrecho de Ormuz y una posterior ola de ataques con misiles y drones por parte de Teherán han roto de forma drástica el periodo de relativa calma militar que se mantenía en Oriente Medio desde finales de julio.
La repentina escalada reactiva los temores sobre un conflicto de mayor envergadura y reactiva las alertas de seguridad en la vía marítima por donde transita una quinta parte del petróleo mundial.
La operación norteamericana comenzó la tarde del domingo, cuando el Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM) ejecutó un ataque con drones contra lanzadores de proyectiles y posiciones de la Guardia Revolucionaria de Irán en la isla de Larak.
Washington justificó la acción calificándola como una intervención limitada y precisa para neutralizar la colocación inminente de minas marinas y el despliegue de cohetes por parte de las fuerzas iraníes.
Medios estatales iraníes confirmaron que los impactos provocaron la muerte de al menos dos combatientes y dejaron varios heridos, calificando el bombardeo como un grave error estratégico de la administración del presidente Donald Trump.
La respuesta de Teherán no se hizo esperar durante la madrugada. La Guardia Revolucionaria Islámica lanzó una ráfaga de misiles balísticos dirigidos hacia las bases aéreas con presencia estadounidense en Jordania, como King Hussein y Al Azraq, además de desplegar una ofensiva con drones contra instalaciones militares en los Emiratos Árabes Unidos.
Aunque las fuerzas jordanas informaron sobre la intercepción exitosa de al menos ocho proyectiles sobre su territorio sin que se registraran daños mayores, los mandos militares en Teherán aseguraron que la contraofensiva es solo el comienzo del castigo prometido ante las agresiones directas a su suelo costero.
Este intercambio armado marca el fin de la estrategia reciente de la Casa Blanca, que durante el último mes había enfocado sus esfuerzos en incrementar la presión mediante sanciones y represalias económicas secundarias en lugar de ataques cinéticos directos.
Las implicaciones globales de este rebrote de violencia fueron inmediatas, provocando una subida de más de un dólar en los precios internacionales del crudo al reabrirse la incertidumbre sobre la viabilidad de las rutas de navegación en el Golfo Pérsico.
Aunque el presidente iraní Masud Pezeshkian ha declarado que una guerra abierta no beneficia a los intereses de su nación, las cancillerías de la región se mantienen en máxima alerta ante la impredecible evolución de los acontecimientos.