El silencio, casi de un día para otro, se ha apoderado de La Palma 88 días después. El Plan de Emergencias Volcánicas de La Palma ha advertido de que habrá que esperar aún hasta el día de Navidad para poder asegurar que el volcán más longevo de la isla, según los registros existentes, ha quedado definitivamente dormido.

Parece dar igual. Una difícilmente disimulada esperanza se apodera de los más de 80.000 habitantes de la isla después de que la erupción lleve desde la tarde del martes sin dar señales aparentes de vida.

La directora del Instituto Geográfico Nacional (IGN) en Canarias, María José Blanco, ha dicho este miércoles que según lo observado en superficie y por los sistemas de medición, el volcán de Cumbre Vieja pasa por una “fase muy baja” y de “agotamiento” si bien ha dado un plazo de diez días para confirmar la finalización de la erupción. El comité director ha recalcado este miércoles que “aunque parece que se acerca el final del proceso eruptivo, aún persiste el riesgo, y por el momento no se pueden levantar las medidas de Protección Civil, que se mantienen en su totalidad”.

El volcán ya no emite lava, no emite gases, no presenta señal de tremor y apenas se registran seísmos. Blanco ha explicado que no hay constancia de flujo de lavas desde la base occidental del cono principal. Pese a todo, las imágenes térmicas tomadas por los drones indican que en las coladas persisten temperaturas superiores a los 400 grados centígrados y que “hará falta tiempo para que pierdan ese calor”.

Por el camino, más de 7.000 personas desalojadas, 12.211 metros cuadrados de terreno arrasado, en un perímetro de 62,6 kilómetros, 1.646 edificaciones derruidas, de 1.318 de las cuales contaban con uso residencial. En estos casi dos meses, hasta los niños han madurado a toda velocidad. Alejandro Muñoz tiene ocho años y hoy está muy contento porque el fin de la erupción permitirá a sus amigos recuperar sus casas y sus juguetes. “Desde el principio está muy preocupado”, dice Boris, su padre, orgulloso de la empatía de su hijo. “Al principio me parecía muy chulo, pero al ver que los niños pierden sus casas, vi que el volcán era muy peligroso. Si se apaga hay que pasar página”, dice Alejandro con una madurez asombrosa.

Mientras tanto, Óscar Pérez observa desde lo alto de la Montaña Tenisca el volcán. Se sorprende al ver el cielo que asoma al disiparse la enorme columna de cenizas que ya no oculta el horizonte. Recuerda el día que desalojó la casa de varios amigos y familiares y hasta una nave industrial llena de cerveza artesanal, hoy cercada por la lava y quemada. “Después de todas las carreras que dimos, de toda esta incertidumbre, de tener que reubicarnos, este parón del volcán es un gran alivio en el cuerpo”, dice.

“¿Y ahora qué?”, se pregunta Chemi, el taxista más famoso de Los Llanos de Aridane. “Llevamos casi noventa días viviendo para esto, en estado de alarma, ahora parece que uno le falta un trozo”. Esa es también una sensación generalizada, la de haber perdido un pedazo, un vacío extraño. Los palmeros intentan acostumbrarse de nuevo al silencio tras casi noventa días de temblores y rugidos horrísonos.

En el lado oeste de la isla, el sonido de las excavadoras ha sustituido al incesante al zumbido del volcán. Es el sonido de la reconstrucción. Acaba la erupción volcánica, pero no la emergencia social: 2.329 personas que han perdido propiedades, según el Cabildo de la isla, medio millar acogidas en hoteles sin un hogar al que volver, y hasta barrios enteros de gente viviendo en caravanas y carpas de plástico, cuyas viviendas han desaparecido bajo el volcán de Cumbre Vieja. Y muchos de ellos se temen que si se apaga el volcán, se apagarán también las cámaras quedando condenados al olvido de la sociedad y a la desidia de las administraciones.

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