“Ser fuerte es la única opción”, dice un doctor de urgencias de España frente al coronavirus

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El doctor Luis Díaz Izquierdo trabaja en la sala de urgencias de un hospital del sur de Madrid. A los 55 años, creía haberlo visto todo en su profesión; sin embargo, la emergencia del COVID-19 lo ha enfrentado a escenarios inimaginables. “Teníamos a cinco, seis, siete personas que se estaban poniendo muy malas, que se tenía la intuición, y muchas veces sucedía, que se iban a morir. ¿A quién llevo a la Unidad de Cuidados Intensivos? ¿Cómo decides?” El médico español narra su experiencia. 

España es el segundo país con más casos confirmados de coronavirus COVID-19, y el tercero con la mayor cantidad de decesos 19.130 al 17 de abril, según datos de la Organización Mundial de la Salud. El Gobierno de ese país declaró el estado de alarma el 14 de marzo y desde entonces se ordenó a la población quedarse en casa, saliendo sólo a adquirir alimentos o medicinas o a desempeñar servicios indispensables.

Indispensables, desde luego, en España y en el mundo entero, son los trabajadores del sector de la salud, que en el caso del país euroepo han realizado una labor heroica enfrentando uno de los escenarios más duros cuando el sistema sanitario nacional se vio desbordado por la cantidad de enfermos y la falta de recursos suficientes para atenderlos a todos, obligándolos a tomar decisiones muy dolorosas.

Uno de esos profesionales, el doctor Luis Díaz Izquierdo, médico de la sala de urgencias del hospital Severo Ochoa en el barrio de Leganés, al sur de Madrid, habló con Noticias ONU de su experiencia durante los peores momentos de la emergencia.

“Tengo 55 años, llevo tiempo en esto, se puede decir que he visto prácticamente de todo, pero esto no lo había visto nunca. Nunca había tenido que decir: tenemos a cinco, seis, siete personas que se están poniendo muy malas, que se tiene la intuición (y muchas veces sucedía) de que se iban a morir. Entonces dices, y ahora ¿a quién llevo a la UCI? ¿Cómo decido?”

Escenario de guerra

Es aquí donde se hace indispensable establecer criterios para clasificar a los pacientes, dice Díaz Izquierdo.

“Es un colapso total, no existe espacio físico, primero se acabaron las camas, después unos sillones que habíamos puesto, después se acabaron unas sillas. Y la verdad es que en una situación de colapso llega un momento en el que uno se ve en la obligación de elegir qué pacientes es más probable que se beneficien de determinadas medidas. Sobre todo porque hay escasez de ventiladores o de respiradores o de camas de UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Esto plantea muchísimos problemas porque a veces es bastante sencillo, porque si te encuentras con un señor o una señora de 95 años y con mucha patología cardiaca, renal, pulmonar o una demencia muy severa, sabes que a esas personas apenas les aportarías un beneficio. El problema viene cuando una persona tiene 50, 60, 70 años y te llegan dos, tres, cuatro personas a la vez. Eso plantea muchísimos problemas porque lo que no debemos hacer nunca es utilizar sólo la edad como criterio. Como nosotros estamos en el servicio de urgencias, en la primera línea, utilizamos una serie de criterios para clasificar a los pacientes en función de la esperanza de vida, la mayor esperanza de vida posible, pensando que se van a beneficiar de las medidas como pueden ser los respiradores o una estancia en las UCIs.

No te queda otra porque es un escenario absolutamente excepcional. A los Gobiernos no les gusta que se diga, pero es como un escenario de guerra, entonces ¿qué hacemos?”

Cortesía del doctor Luis Díaz IzquierdoPacientes con COVID-19 en sillas colocadas en los pasillos del hospital Severo Ochoa, en Madrid.

Cuatro criterios para el triage

El doctor Díaz Izquierdo explica que en su hospital utilizan cuatro criterios en el sistema de triage o la clasificación de pacientes de acuerdo a la urgencia de atenderlos.

“El primero es el llamado índice de Charlson, que en general no se utiliza en este contexto porque es más para ver la esperanza de vida en un proceso post operatorio o tras una enfermedad cardiaca. Consta de una serie de ítems, 17 o 18, entre los cuales está la edad y a eso se le asigna una puntuación, enfermedad cardiaca, enfermedad renal, enfermedad oncológica… y así van sumando puntos. En un índice de Charlson mayor de seis, es muy probable que el paciente no se beneficie de las UCIs. Estoy hablando de una situación absolutamente desbordada en donde es imposible matizar. El segundo criterio es la saturación de oxígeno, medida con el aparato pequeño que colocan a los pacientes en el dedo cuando llegan a urgencias, el oxímetro. Si tiene una saturación menor de 92% utilizando una mascarilla con un reservorio -un reservorio es una bolsa que se llena de oxígeno para aumentar el flujo- es más improbable que se beneficie de una intubación o de un respirador. Otro criterio es la escala SOFA, muy conocida sobre todo para situaciones de sepsis, en este caso, aunque no fuera una situación de sepsis la utilizamos. Medimos la presión sanguínea, la frecuencia respiratoria y cardiaca, si hay alteración neurológica o no. Y luego utilizamos otra escala, que vamos a llamar de fragilidad. Las personas mayores con morbilidad son más frágiles que alguien de 55 años que no tenga esas patologías porque muchas veces el problema de una intubación es que no solamente hay que intubar, sino que el paciente tiene que tolerar el proceso y luego habrá que desintubar, todo ese conjunto de cosas hacía que, de alguna manera, pudiéramos seleccionar a los pacientes.”

Es un colapso total, no existe espacio físico, primero se acabaron las camas, después unos sillones, luego… unas sillas.

Y toda esa evaluación debía hacerse en cuestión casi de segundos porque todo el sistema estaba colapsado. 

El médico cita un ejemplo: “un viernes por la noche en la entrada, en la etapa de triage, teníamos a 70 personas esperando, eran como las 10 de la noche, y teníamos otras 300 personas dentro de nuestro servicios de urgencias. Nuestro hospital tiene una capacidad para 80 o 90 pacientes [en urgencias] y teníamos dentro 300 y fuera estaban en ese momento 70 personas con diferentes situaciones de gravedad, había de todas las edades, personas que venían con pocos síntomas y personas con muchos síntomas. Todo había que hacerlo en segundos. Si se ponían muy mal teníamos que llamar a la UCI y ellos, a su vez, tenían que decir a qué pacientes llevarse. Son situaciones extraordinariamente complicadas.”

Líneas generales

Para establecer los criterios que guían al personal sanitario en la toma de decisiones hay unas líneas generales en todos los países, marcadas por las sociedades de ética o bioética que más o menos marcan los parámetros, señala.

“Lo que pasa es que luego hay que adaptarlos a la realidad de cada país y de cada hospital. Nosotros decidimos utilizar esos criterios porque eran los que mejor nos convenían teniendo en cuenta la capacidad de nuestro hospital. Es un hospital pequeño, de 400 camas que, en un principio, aunque luego se amplió, de UCI sólo tenía ocho camas, luego se amplió a 32, entonces esas líneas generales se adaptaron a nuestra realidad y decidimos utilizar esos criterios, pero digamos que son parecidos en prácticamente todos los hospitales del mundo.”

Esos criterios no salvan a los sanitarios de situaciones terribles. 

“Voy a poner un ejemplo durísimo, durísimo de verdad: tuvimos que llamar a la UCI por dos personas con una edad parecida y ellos tuvieron que desestimar a una de las dos. Desestimaron a una mujer de 48 años porque era muy obesa, porque está más que demostrado que la obesidad es un factor de riesgo muy importante no sólo para la esperanza de vida, sino para la capacidad de tolerar una situación como ésta que afecta principalmente al aparato respiratorio. Así, se desestimó a esa señora de 48 años porque era obesa mórbida, en comparación con otra señora de una edad parecida que no lo era. Dicho así, son palabras, pero en el momento nos veías bajando los brazos, el de la UCI, un tipo muy bragado, que es mayor y tiene mucha costumbre a todo, bajaba los brazos y caminaba y decía ‘es que se va a morir, es que se va a morir’. Así nos ha pasado muchísimas veces. Teníamos la obligación de elegir y a veces no nos quedaba otro remedio que decir ´pues éste, que nos parece que va a tener mayores posibilidades´.”

“Para esto no estoy preparado”

¿Qué pasa por la mente del trabajador sanitario cuando encara estos momentos?

“Hay una mezcla porque por un lado hay tal cantidad de trabajo que tienes poco tiempo para pensar. Estás absolutamente pendiente de otro paciente, del que viene, del siguiente, del siguiente, del familiar al que le dices que se salga, que no entre al hospital, de enseguida ponerle una mascarilla, de enseguida saturarles, y por un lado estás muy pendiente y no te das mucha cuenta, pero cuando tienes unos momentos para decidir, dices ‘yo para esto no estoy preparado’.

Otra situación terrible es cuando los pacientes se dan cuenta de que se están poniendo mal, “porque empiezan a respirar mal, se produce una insuficiencia respiratoria aguda y se respira cada vez peor y la persona se da cuenta y lo dice, ´no puedo respirar, no puedo respirar’, le empiezas a poner medicaciones, ‘no puede respirar’, te miran, miran al otro, ‘no puedo respirar’, se van notando cada vez peor y se les ve el miedo porque además saben que tienen coronavirus y tienen la intuición de que se van a morir y algunos se mueren. Llega un momento en el que ya no te miran, se agotan y se acaba todo. En esos momentos piensas, ‘¿qué estoy haciendo, qué está pasando, cómo podríamos reclamar ayudas?’”

“Pensar en eso… casi decides mejor no pensarlo. El bajón viene luego, cuando estás más tranquilo.”

Díaz Izquierdo cuenta que en esos casos, los trabajadores de salud hablaban entre ellos, “nos mirábamos y era para vernos las caras, unas caras mezcla de desolación, de impotencia, ‘no puedo hacer nada, se me están muriendo, no puedo hacer nada’, nos mirábamos casi de reojo, agachábamos la vista, y luego venía otra parte, que también es igual de mala. Cuando empezaban a empeorar y empeorar, les metíamos en un cuarto de emergencia, y cuando esa persona fallecía, había que sacarla en una camilla, cubierta por una sábana. El problema es que la sala de urgencia estaba llena de pacientes, y ese cuerpo en la camilla y con la sábana, lo pasábamos por delante de todos los pacientes que estaban en los pasillos, unos pacientes que habían visto a la esa persona entrar viva, muy enferma, pero viva, en el cuarto de emergencias, y salía muerta. Las caras que ponían, de dolor, de sufrimiento, todos agachaban la cabeza. Han sido momentos muy, muy duros para todos.”

Nos mirábamos, unas caras mezcla de desolación, de impotencia, ‘no puedo hacer nada, se me están muriendo, no puedo hacer nada’.

“Gestionar eso es muy complicado, lo que pasa es que creo que los profesionales todavía estamos con el subidón, como decimos en España, estamos muy pendientes de que hay que estudiar, hay que trabajar, hay que sacar esto adelante. Estás de descanso en casa, por ejemplo hoy, y estoy intranquilo. Aquí a las ocho de la tarde, sale la gente a los balcones y empieza a aplaudir. Es un aplauso para todos, pero sobre todo para el personal sanitario. Y todavía estamos con esa sensación de una falsa euforia que no da tiempo para pensar, pero yo, por ejemplo, me noto más cansado. O si estoy en casa y escucho música, intento poner música alegre, porque si es un poco más melodiosa, me noto hipersensible. 

“Porque esto yo me lo llevo a mi casa y tampoco quiero que se me note porque mi familia me está esperando y además tengo miedo de poder contagiarlos, con lo cual yo llego, saludo y directo al baño, la ropa a lavar, me pego una buena ducha, me enjabono bien, porque el jabón destruye al coronavirus, y a seguir adelante. Y es curioso porque casi no desconectas nunca. Enseguida estás otra vez estudiando nuevos tratamientos, nuevas estrategias.”

“Vamos a quedar tocados”

Los servicios de psicología y psiquiatría del hospital Severo Ochoa han ofrecido a los doctores líneas para contactar si en un momento determinado se sienten sobrepasados. 

“Firmas un certificado de defunción e informas a la familia, firmas otro e informas a la familia, y cuando llevas varios, te tiemblan las manos, y encima informas a la familia. Y para la familia es tremendo: no ha podido estar con su padre, con su madre, con el esposo, no han podido estar, no han podido despedirse, no han podido hacer un duelo y, encima, no les dejan ver el cuerpo. Es terrible, y todo eso, tú se los estás informando por teléfono, a veces se te rompe la voz porque ya no sabes ni qué decir. Ahora mismo, creo que estamos todavía con esa sensación de subidón, pero vamos a esperar un poco, cuando esto empiece a bajar y empecemos a relajarnos y esa descarga que tenemos todos de adrenalina empiece a moderarse, yo sí que creo que nos vamos a quedar tocados.”

Un consejo a los sanitarios de América Latina: “no flaquear”

Todo parece indicar que el peor momento de la epidemia ha pasado ya en España, en cambio, en los países de América Latina y el Caribe, ese momento está apenas por llegar. Con base en su experiencia, el doctor Díaz Izquierdo tiene una recomendación para los trabajadores de salud que estarán al frente de la batalla:

“Lo primero es una cuestión de orden práctico y es que todos deben tener trajes de protección individual o equipos de protección individual, les llaman EPIs.

Estás ahí y tienes que ser fuerte, es la única opción, porque es la única manera de que esto salga adelante.

“Deben tenerlo, deben tener guantes, mascarillas, gorros, y deben obligar al hospital o al servicio que corresponda a tenerlo. En España, médicos contabilizados hay 24 fallecidos, pero sanitarios infectados hay 25.000. Es absolutamente imprescindible que los sanitarios estén protegidos, porque al fin y al cabo son los que están o estamos en la primera línea. En nuestra plantilla, casi la mitad ha estado infectada o lo está, algunos se van recuperando y se van reincorporando. Eso significa que los que estamos ahí tenemos mucho más trabajo, es un médico menos, una enfermera menos, un auxiliar menos para trabajar.

 
“Desde el punto de vista psicológico, ser fuerte es la única opción, no puedes permitirte flaquear. Todos hemos elegido esta profesión, yo la elegí porque me parecía, con todo el respeto y el cariño a todas las profesiones del mundo, la más bonita. Y desde luego, el compromiso personal que debemos tener, llámalo vocación, juramento hipocrático, lo que sea, ese compromiso personal, de verdad que te va a ayudar a seguir adelante, aunque estés muy cansado, aunque estés desbordado, aunque encuentres trabas por todas partes, porque a veces el hospital o los centros de salud no te ofrecen las infraestructuras adecuadas o los equipos de protección, pero tú estás ahí y tienes que ser fuerte, es la única opción, porque es la única manera de que esto salga adelante. Si te hundes, es un trabajador menos y es una opción menos que van a tener nuestros pacientes.”

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