El monumento a los Héroes sin Simón Bolívar montado en su caballo; la avenida El Dorado de Bogotá sin el Cristóbal Colón de principios del siglo pasado, ni Isabel la Católica a su lado; la avenida Jiménez, en el centro de la capital, renombrada avenida Misak. Las protestas en Colombia dejaron un efecto inesperado: una serie de pedestales desnudos y un paisaje urbano que intenta resignificarse.

Después de los intentos reiterados de manifestantes y comunidades indígenas de derribar, y en algunos casos lograrlo, estatuas de conquistadores españoles, entre otras figuras, el Gobierno de Iván Duque retiró algunas de ellas y anunció que revisarán algunos monumentos instalados en el país desde 1920. “Nuestra prioridad es proteger el patrimonio. Ante posibles afectaciones, decidimos trasladarlas de manera transitoria a la estación de (trenes) La Sabana”, dijo la ministra de Cultura Angélica Mayolo. Recién llegada al cargo, Mayolo da un viraje a la posición del Gobierno en relación con los monumentos. Los dos ministros anteriores habían calificado de vandalismo el derribamiento de las estatuas. “El país debe respetar las distintas visiones y que las comunidades que hoy se sientan discriminadas con los símbolos del patrimonio nacional puedan ser escuchadas, pero sin tolerar la violencia y la destrucción”, aseguró la ministra al anunciar la decisión del Consejo Nacional de Patrimonio de revisar los monumentos. Sin embargo aún no está claro quiénes participarán del diálogo ni qué estatuas se revisarán.

Durante los primeros días de las protestas en Colombia, que comenzaron el 28 de abril, comunidades indígenas derribaron por segunda vez la estatua del conquistador español Sebastián de Belalcázar en Cali. “Tumbamos a Sebastián de Belalcázar en memoria de nuestro cacique Petecuy, quien luchó contra la corona española, para que hoy sus nietos y nietas sigamos luchando para cambiar este sistema de gobierno criminal que no respeta los derechos de la madre tierra”, dijo el movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente.

Luego le correspondió al también conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. La imagen de su rostro contra el suelo y las banderas guambianas, de los pueblos indígenas del Cauca, puestas sobre el pedestal, anunciaron lo que vendría para los monumentos. En la tarde, en el pedestal se instaló una imagen de Dilan Cruz, un joven manifestante asesinado por la policía en 2019, pero en la noche un grupo de personas la bajó. La avenida Jiménez, una de las principales del centro de la ciudad se conoce ahora, al menos informalmente, como avenida Misak, en homenaje a los indígenas que tumbaron la estatua. Ante el derribamiento y, previendo que pasaría con otras esculturas de ese tipo, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural de Bogotá adelantó nueve mesas de diálogo sobre los monumentos y su representación en las que participaron cerca de 170 personas. Una de sus conclusiones es que hay consenso “incluso entre quienes tienen una mirada tradicional de que es necesario ampliar el relato de lo patrimonial”, y que “no existen debates clausurados o que sean solo de expertos”. “Lo que vimos en la protesta es que hay una interpelación del espacio público”, dice Patrick Morales, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural de Bogotá (IDPC).

Los indígenas de la comunidad Misak son quienes han liderado las caídas de estatuas como forma de protesta. El 10 de junio se reunieron alrededor de Cristóbal Colón y la reina Isabel la Católica. Intentaron derribarlas, pero rápidamente un escuadrón de antidisturbios rodeó los monumentos y se enfrentó a los manifestantes. Diez personas resultaron heridas. Aunque no lograron el objetivo, los indígenas se quedaron alrededor del monumento bailando y cantando. A la madrugada siguiente, el Gobierno tomó una decisión sorpresiva: retiró las estatuas. La imagen de ambas subidas en una grúa rumbo al centro de Bogotá y luego la de dos misak subidos en el pedestal ondeando sus banderas, fue leída por algunas personas como la victoria de los indígenas aunque el Gobierno señaló que fue una manera de protegerlas.

La profesora Amada Carolina Pérez, asociada a la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, explica que no se trata solo de cuestionamiento a personajes de la historia “sino al colonialismo como matriz de pensamiento y estética” y coincide con el director del Instituto de Patrimonio en que “se trata de un movimiento telúrico que sacude el espacio público” que no se puede pensar desvinculado de los grafitis, murales y monumentos a la resistencia que han aparecido en estos casi dos meses de manifestaciones. “Este paro ha removido cosas muy significativas, cuestiona la manera como se ha construido la memoria en el espacio público y muestra cómo puede adquirir un nuevo significado”.

¿Qué hacer con los monumentos derribados?, ¿dónde ubicarlos?, ¿qué fin darles? No hay todavía una decisión y estas serán las preguntas que tendrá que responder el diálogo abierto con las comunidades. En Bogotá, donde el diálogo avanza, ya se habla de algunas propuestas. Una de ellas es trasladarlos a museos, como lo han hecho otros países que transitan la misma discusión. “Llevarlos a museos como escenarios para debates difíciles de pasados difíciles. Puede ser una opción que, por ejemplo, Gonzalo Jiménez de Quesada termine como un documento en uno de ellos. Ahora, surgen más preguntas, ¿cómo lo presentamos? Lo restauramos por completo o mostramos las marcas de su caída?”, dice Morales. Las otras opciones que contemplan son una cátedra de historia que vaya por las regiones por donde pasó y generar debates; y una alternativa que propusieron las comunidades indígenas de la capital: hacerles rituales mortuorios. Así lo acaban de hacer con el conquistador español. El pasado 20 de junio, en el solsticio de invierno, la comunidad Muisca le hizo una caminata fúnebre a Gonzalo Jiménez de Quesada. Su propuesta, dice Morales, era “dejarlo partir y perdonarlo, para poder seguir y cerrar sus cicatrices”. Ellos lo han explicado así: “Hacer mortuoria es ‘limpiar al muerto’, es decir saldar la deuda material y espiritual que dejó, sanar la historia o memoria de todo y a todos los que afectó. Caminamos para saldar la deuda y asegurar la no repetición de esta historia”.

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