Alonso Ramírez Huaca tiene claro los instantes previos a la tragedia que un día de mayo de 1994 cerca de Cartagena del Chairá (Caquetá) le marcó su vida: “estábamos jugando fútbol en un potrero y me salí un momento a tomar agua cerca de la cancha, posteriormente me dieron ganas de orinar y me retiré del camino, como a una lomita y ahí fue la explosión. Tuve unos instantes de lucidez en los que solo pensé en mi familia y hasta ahí me acuerdo”.

Con la pérdida de su pierna izquierda, Alonso entró a formar parte de las cerca de 12.100 personas que en Colombia han sido víctimas de minas antipersonal, munición sin explotar y artefacto explosivo improvisado. 

Tiene 57 años, nació en Solita (Caquetá) y es el menor de seis hermanos. Su infancia transcurrió en el campo donde tenía mucha destreza: sus padres desde muy pequeño le enseñaron a labrar la tierra, particularmente en cultivos de plátano, maíz y arroz.

Recuerda que tuvo muy pocos amigos porque era tímido y era muy apegado a su mamá. Como muchos niños y jóvenes del campo, solo alcanzó a estudiar hasta el séptimo grado, sin embargo, hace un poco tiempo y ya cerca de los 50 años de edad culminó el bachillerato.

Cuando tenía 15 años él y su familia se fueron a vivir a Florencia porque la situación económica era un poco estrecha. Su padre había muerto y eso agudizaba la situación. 

En Florencia, su mamá Eloísa Huaca trabajaba lavando ropa y haciendo oficios en casas de familia “y con eso subsistíamos porque para ese momento ya había fallecido mi papá y mi mamá estaba a cargo de nosotros los hijos. Ella fue la que nos sacó adelante ante la ausencia de mi padre”.

Alonso, por su parte, comenzó a trabajar en una fábrica de baldosines donde ganaba bien. Al cabo de varios años allí, ya con una pareja, un conocido le dijo que se fuera a trabajar al campo y entonces decidió regresar a sus labores de infancia. Eran los tiempos en que en muchas zonas rurales del sur del país los campesinos se dedicaban a raspar hoja de coca.  “A eso llegué yo a trabajar allí, como raspachín y en otros cultivos que sí eran legales en la vereda Las Ilusiones de Cartagena del Chairá. Más o menos una vez al mes iba a Florencia a visitar a mi mamá y a mi mujer y llevarles dinero”.

El día del horror

Para Alonso y sus amigos disfrutaban jugar fútbol en una cancha improvisada que habían hecho en un potrero donde habían tumbado árboles.

El 25 de mayo de 1994, cerca de las 10:30 de la mañana, con sed, se retiró unos metros de la cancha a una especie de repecho cuando Alonso escuchó una explosión que lo elevó por los aires. Antes de perder la conciencia se dio cuenta que su pierna izquierda ya no estaba. Por unos pequeños instantes su madre, su esposa y sus hijos llenaron sus recuerdos. Creía que iba a morir.

Pero eso es algo de lo que poco le gusta hablar. Da un salto de algunos años para contar que pensó en varias ocasiones acabar con su vida porque pensaba “como quedé no sirvo para nada. También me daba pena que la gente me mirara sin una pierna y trataba de esconder mi mano (poniéndome camisas de manga larga) que también había sido afectada con la explosión, y a veces hasta me escondía”.

Pero entendió que no se trataba de rendirse sino de tratar de sobreponerse a las adversidades y decidió inicialmente caminar sin prótesis, pero con muleta, ejercicio que perfeccionó con el paso del tiempo.

Un par de años después tuvo su primera prótesis y le costó acoplarse mucho a ella, le dolía utilizarla, en fin, todo era difícil. En un principio tenía la prótesis y dos muletas, después la prótesis y dos bastones y por último la prótesis y un bastón. De todos modos, la adaptación le costó mucho trabajo. Posteriormente, la EPS le entregó la prótesis que actualmente utiliza. “Al principio fue difícil acoplarme a ella y en ocasiones se zafaba cuando iba caminando por la calle y se salía y a mí me daba una vergüenza bajarme el pantalón y arreglármela; después me fui adaptando y a seguir con truquitos y hoy en día ya la manejo bien”.

Los talleres de Alonso y compañía

En 2009, por la necesidad que tenía un grupo de personas que se unieron para reclamar sus derechos, Alonso creó la Asociación de Sobrevivientes de Minas Antipersonal, Munición sin Explosionar y Trampas Explosivas del Caquetá “Unidos por la vida” que desde el 2011 ha participado en procesos de recuperación física y emocional.

En la actualidad, Unidos por la Vida está conformada por 85 personas, pero calculan que para finalizar 2022 estarán asociadas unas 105.

Desde 2018 la organización dicta talleres en comunidades campesinas destinados a evitar accidentes con minas antipersonal. Alonso, que es uno de los instructores, dice que a la fecha han capacitado cerca de 6.000 personas de áreas rurales de los 16 municipios del Caquetá, para lo cual cuentan con el respaldo de Acción Integral Contra Minas Antipersonal (AICMA), dependencia adscrita a la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, y de Humanity & Inclusion (organización internacional de ayuda independiente e imparcial que trabaja junto a personas con discapacidad y con las poblaciones vulnerables, con el fin de responder a sus necesidades esenciales, mejorar sus condiciones de vida y promover el respeto de su dignidad y sus derechos fundamentales).

“Como los instructores hemos sido víctimas de minas la comunidad nos abre las puertas más fácilmente. En las zonas rojas siempre hay algo de desconfianza con el que llega de afuera. Lo otro que nos facilita el acceso a las comunidades es que los instructores somos civiles y entre los principios de nuestra asociación está la humanidad, la neutralidad y la imparcialidad”, agrega Alonso. 

Según cifras de AICMA, entre enero de 1990 y enero de 2022 en Caquetá se han presentado 602 accidentes con minas antipersonal o municiones sin explotar o artefactos explosivos improvisados donde sobresale San Vicente del Caguán con 178 casos mientras que Albania tiene cero casos.

En el Registro Único de Víctimas (RUV) de la Unidad para las Víctimas, desde 2012 hasta febrero de 2022 se encuentran incluidas 6.347 personas por accidentes con minas antipersonal, municiones sin explotar y artefactos explosivos improvisados (MAP, MUSE y AEI, respectivamente), de los cuales 5.816 son sujetos de atención, es decir que cumplen con los requisitos de ley para acceder a la reparación integral. 

En 2013 Alonso recibió la indemnización por parte de la Unidad para las Víctimas, con lo que montó un negocio de venta de Xbox y sobre el cual dice que no le fue bien por falta de formación mercantil, pero destaca el papel de la entidad en los aspectos de acompañamiento psicosocial y en la reparación colectiva.

Posteriormente se postuló y fue elegido en la Mesa Municipal de Víctimas de Florencia, donde lleva ya dos periodos. Esa labor, opina, ha sido una experiencia muy interesante, pero cree que aun falta mucha articulación entre las diferentes entidades locales y los representantes de las víctimas.

Si algún día Alonso se encuentra con la persona que puso la mina que lo dejó sin su pierna le dirá que deje de hacer el mal, lo invitará a reconciliarse y a hacer una nueva vida mirando al futuro. “Yo no tengo rencor con nadie, vivo el día a día feliz y contento y le doy gracias a Dios por salvarme la vida hace casi 28 años”.

Hoy mira el futuro con optimismo, desea ampliar el número de afiliados a su asociación y llegar a más comunidades con sus talleres de prevención. Una mina antipersonal se interpuso en su vida, pero Alonso tiene la fuerza necesaria para alcanzar lo que quiere y hacer que la nueva oportunidad que le dio la vida dé sus frutos.

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